Tipos Duros
Hace pocas semanas, en uno de esos días lluviosos que provocan cierta afición a la nostalgia, me dispuse a ver por enésima vez El halcón maltes, esa maravilla que John Huston creó apoyado en la novela de Hammett. Dos horas más tarde entraba en la librería con ganas de más. La elección fue una recopilación de historias policíacas que el autor publicó durante la segunda mitad de los años veinte en Black Mask, afamada y popular revista de la época.
Y encontré lo que iba buscando: tipos duros, con sombreros de fieltro y grises gabardinas, hermosas mujeres fatales que gracias a su astucia pudieron abandonar la miseria del suburbio para hacerse amantes de cualquier gángster al que sueñan dejar en la estacada llevándose todo el botín del próximo golpe. Y por supuesto, forzudos matones con la sesera vacía, delincuentes brillantes que eligieron el mal casi como un gesto poético, tugurios llenos de humo, callejones vacíos, pero también grandes mansiones, peleas a cuerpo, persecuciones en coche… En definitiva, la espectacular recreación de esa época anterior a la crisis del 29, cuando las grandes ciudades norteamericanas eran un hervidero de gentes e historias.
La Continental es una famosa empresa de investigación que tiene a sus detectives distribuidos por todo el país. Del agente de la Continetal, nuestro hombre, no sabemos apenas nada, si acaso que tiene la corpulencia necesaria para dejarse golpear por un "gorila" sin perder totalmente el conocimiento. Es un personaje sin nombre, sin unos rasgos físicos peculiares ni unas cualidades especiales, más allá de las propias de su trabajo, para resolver enigmas. Es un hombre común, porque lo que interesa aquí no es tanto la personalidad o las dotes del detective como el escenario en el que se mueve. Hammett sólo necesita unas brevísimas descripciones, apenas unas pinceladas certeras para situar al lector en el lugar idóneo desde el que seguir los acontecimientos. Entonces, si el protagonista no es un personaje profundo y las descripciones, aunque luminosas, son mínimas, ¿dónde está lo literario?
En los diálogos. En Hammett los personajes son lo que dicen. Son sus intervenciones las que los definen, las que los ponen en contexto y acaban por salvarlos o condenarlos irremediablemente. Un escritor que sabe dominar la técnica de la conversación puede, a un mismo tiempo, agilizar el texto y dotar al lector de una gran cantidad de detalles que le ayuden a conformar imaginativamente las características de un personaje. El recurso, bien utilizado, como en este caso, es fascinante pues de alguna manera implica al lector en la construcción de lo que se cuenta. Así, un tipo del que sólo conocemos su nombre, "El Menda", irrumpe en una habitación y habla por primera vez: <>. Apenas hace falta nada más, porque ya suponemos que tiene una pistola y, aunque el narrador no lo diga, parece obvio que las personas de la habitación se han girado estupefactas a mirarlo y ha levantado los brazos.
Dashiel Hammett fraguó estas historias después de trabajar como detective una buena temporada, participando en aventuras similares a las de su protagonista. Tal vez por eso, los diálogos tengan tanta fuerza, porque no parece fácil olvidar las palabras exactas de un tipo que te encañona con un revolver.
Una última valoración (nada baladí dados los tiempos de urgencia que corren): nos encontramos ante un libro de lectura muy cómoda. Con esto quiero decir que al ser la edición de bolsillo y estar dividido en seis cuentos independientes es perfecto para acompañarnos en esas actividades cotidianas que requieren de cierta espera: autobús, consulta de médico, etc., y a las que todavía no se les ha encontrado mejor remedio que la lectura. |